Leyendo
a Lucrecia Martel de cara al estreno de “Nuestra Tierra”
LA DISRUPCIÓN QUE HACÍA FALTA

Cuando le tocó en suerte ser Ministro de Cultura de la Revolución Popular Sandinista, el sacerdote nicaragüense y poeta trapense Ernesto Cardenal declaró algo así como que ahora le correspondía a él rescatar de su yugo a los tantos Rubén Darío que malograban sus vidas cortando caña.
Y ya que el capitalismo incluye una dimensión embrutecedora y alienante, no daremos por sentado que todxs lxs lectores conozcan a Lucrecia Leonor Martel, reputada por buena parte de la crítica internacional como una de las más prominentes realizadoras cinematográficas latinoamericanas del Siglo XXI.
Nacida en Salta, noroeste argentino, a mediados de 1966, se formó en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC) de Buenos Aires. Dirigió los cortos El 56 (1988), Piso 24 (1989), Besos rojos (1991) y Rey muerto (1995), este último en base a un esquema de producción industrial, gracias a que su guion ganó el concurso Historias Breves del Instituto Nacional de Cine (INCAA) de Argentina, así como la serie de televisión D.N.I. (1995) y el programa infantil poco convencional Magazine For Fai, antes de realizar su primer largometraje, La ciénaga (2001), por el cual obtuvo numerosos premios, entre ellos el premio NHK del Festival de Cine de Sundance, el Grand Prix del Festival de Cine latinoamericano de Toulouse, el premio a mejor película y mejor directora del Festival de Cine de La Habana, el Premio Alfred Bauer Prize del Jurado Internacional en 2001 en el Festival Internacional de Cine de Berlín y una nominación al Oso de Oro en el mismo Festival Internacional de Cine de Berlín. Y eso no es todo, pero la perfila inmejorablemente a partir de su ópera prima.
Hace poco la editorial Caja Negra publicó una recomendable recopilación de sus jugosas intervenciones en festivales y espacios académicos, bajo el nombre de Un Destino Común.
En ese libro, entre otras cosas, la talentosa realizadora dice: “Con el Nuevo Cine Argentino cambiaron algunas cosas (…) en realidad era un montón de gente nueva que entró en la industria después de un período en el que la cultura estaba muy aplastada por la dictadura. Uno de los grandes escollos que tuvimos que atravesar fue cómo manejar el habla en el cine, cómo manejar a los actores. En definitiva, el problema cuando uno trata de enfrentarse a los actores tiene mucho que ver con el lenguaje, con el poder controlar los tonos y el ritmo de lo que se dice. Y lo que hicimos nosotros - directores ignorantes y nobles - fue, en la mayoría de los casos, trabajar con actores y no actores que no tuviesen un entrenamiento demasiado fuerte para poder recuperar cierta naturalidad en la forma de expresarse”.
En el libro de marras, a lo largo de más de doscientas jugosas páginas, Martel se detiene con especial interés en los aspectos frecuentemente desatendidos del diseño de sonido, en un contexto cultural de rotunda hegemonía de la visión, sosteniendo que los párpados pueden privarnos momentáneamente de esta última, pero en cambio los oídos están a disposición absoluta de nuestro entorno sonoro.
Pero no es eso a lo único a lo que se refiere. También cuestiona cierto estatuto de realidad asignado al Séptimo Arte: “Si hubiese algo verdadero en el cine, me hubiese dedicado a otra cosa. Sería aterrador. Lo extraordinario es justamente el alivio de saber que todo es mentira. Lo bueno que tiene el cine, el teatro y todas estas invenciones es que imitan la verdad, pero no lo son. La sangre es jugo de tomate, el muerto se levanta cuando termina la escena, el que parecía alto es petiso pero está parado encima de una tarima... Esa es la potencia enorme que ofrece el cine”.
Aunque, pese a lo anterior, Martel viene de dedicarle más de una década a la realización de un documental, con todo lo que eso conlleva para quien se ha fogueado en la ficción. Y no precisamente ocupándose de cualquier tema, sino de uno tan relevante como sistemáticamente escamoteado por una producción mainstream que prefiere contextos urbanos. Su film de inminente estreno aborda las penurias de una de las tantas comunidades originarias postergadas de nuestro país.
La realizadora llega a dicha instancia reflexionando profundamente sobre la modalidad en que nuestro cine aborda realidades semejantes. En el libro del que venimos hablando, sostiene al respecto: “La pobreza para el estudiante de cine es una aventura. El territorio donde existe la pobreza genera distintas fantasías. La pobreza en el cine, que es básicamente blanco y de clase media, es una aventura que además está llena de acción: Los personajes corren por los pasillos de la villa, saltan, hay muchas persecuciones. El barrio cerrado en el cine no resultó ser una aventura, pero la villa sí (…) el country nos aburre porque se parece más a nosotros, y lo otro por lo menos es distinto: hay otras pautas morales, la sexualidad sucede de una manera desorganizada”.
Pues bien, de qué va entonces Nuestra Tierra, el documental que sintetiza poética y también crudamente el ideario marteliano. El film desmenuza minuciosamente el asesinato de Javier Chocobar, referente de la comunidad indígena Chuschagasta, asesinado en octubre de 2009 por el funcionario público y emprendedor minero Darío Amín durante un intento de desalojo en el norte de Tucumán, y a partir de ese hecho discurre sobre la vigencia del colonialismo en Nuestra América.
Este esperado estreno llega más que oportunamente, en un momento en que la violenta expansión de la frontera agropecuaria extractivista desaloja de su histórico terruño a esas comunidades y el régimen imperante judicializa sus valientes y necesarias resistencias.
El gran mérito de Martel, al fin y al cabo, es reabrir el urticante y pendiente debate sobre la necesidad de apuntar a fundar futuros Estados Plurinacionales, en un continente “civilizado” por la fuerza mediante un genocidio originario.
Solo por esa imprescindible dosis de valentía, ejercida justamente cuando quienes debieran defender nuestros derechos capitulan vergonzosamente a diario, este estreno merece nuestro más caluroso aplauso.-