En este
caso, un lento travelling in a través
de la oscurana de un paraje boscoso nos aproxima a una choza dentro de la que
puede adivinarse una iluminación goyesca.
Quienes
hayan visto la sublime Goya en Burdeos (1999, Carlos Saura), film donde el sordo más célebre de la pintura
ibérica, encarnado por el genial Francisco
Rabal, pinta sus frescos tocado con una corona de velas, entenderá mejor
que nadie a qué clima visual hacemos referencia.
Dentro, una
joven aldeana presta atención algo tensa a un misterioso silbido proveniente de
la foresta. Poco después, un hombre tullido - su esposo - la intima sin suerte
a que le sirva la cena, potaje al que ella, sigilosamente, agregará algunos
hongos venenosos.
Estamos en
el País Vasco, es el siglo XVII, y de ahí en más, todas las historias a
desplegarse - basadas en antiguas creencias del lugar - se irán entrelazando,
construyendo así el sentido general de esta nueva y exquisita obra del joven y
multipremiado realizador lugareño Paul Urkijo Alijo, que
ya nos deslumbrara con las imperdibles Errementari (2017, en Netflix) e Irati
(2022, como el film a que hace referencia esta nota, en Prime Video)
Urquijo nació
en Vitoria-Gasteiz (País Vasco) en 1984. Desde muy pequeño le apasionó el cine en
general y el género fantástico en particular, convirtiéndose en un gran
aficionado a la lectura de mitología y cuentos tradicionales. En 2008, tras
licenciarse en Bellas Artes, comenzó a escribir y realizar sus propios
cortometrajes de ficción, hasta consagrarse con las dos obras antes mencionadas
y la que nos ocupa en esta ocasión.
Gaua está ambientada en las montañas vascas y en plena caza de brujas. Kattalin, la
joven de esa primera escena, intentará huir de su maltratador marido - tópico
de género en el que ha de sustentarse toda la historia - a través del bosque,
en mitad de la noche y acechada por una extraña presencia. En su huida se
encontrará con tres enigmáticas mujeres que, mientras lavan la ropa en el río,
narrarán estremecedoras historias con trasfondo verídico. Y Kattalin acabará
formando parte de las mismas.
Como lo hiciera en una clave más farsesca que antropológica otro vasco
notable, Álex de la Iglesia, en Las
Brujas de Zugarramurdi (2013) - abrevando en el mito local de Mari, la deidad
principal de la mitología vasca, que personifica a la Madre Tierra y señora de la naturaleza, presente aquí también -, o apelando al revisionismo histórico como el
realizador franco-argentino Pablo Agüero
con Akelarre (2020), aquí el Urkijo homenajea a quienes considera “las reinas
de la noche”. Y no lo hace recurriendo a los lugares comunes del género, sino
resueltamente desde una perspectiva antipatriarcal y reivindicatoria de esas
mujeres tan maltratadas por la “justicia” de su época como por la Historia, a
causa de haber apostado por su plena independencia o practicado una medicina
natural.
La noche (Gaua), es otra de las grandes protagonistas de la historia.
Según el realizador, “el lugar donde se refugia lo desconocido, lo
aparentemente terrorífico, pero a veces, si te adentras en la oscuridad y
superas esos prejuicios, descubres que eso que supuestamente es terrorífico
realmente puede ser empático, incluso bello. Incluso ser igual que
tú. Siempre me ha gustado lo grotesco, lo monstruoso, porque creo que
detrás de cada monstruo siempre hay un corazón con el que puedes hablar”,
coincidiendo en ese aspecto con la postura que asume Guillermo del Toro en casi
toda su filmografía.
“A veces hay que enfrentarse a la oscuridad”; sostiene Yune Nogueiras, la actriz protagónica. “Y
para Kattalin el personaje de Gaueko (Elías
García), es vital, porque le ayuda a salir de esa casa y de la opresión que
está viviendo. Hay una voz que se repite constantemente en la película que le
dice que es culpable... hasta que ella decide huir de la casa y adentrarse en
la noche”.
“Con su marido se siente prisionera”; asegura Yune. “Ella solo está a
gusto con Maritxu. Pero que dos mujeres se quisieran, en el Siglo XVII,
era inviable, no podía pasar de ninguna manera. Por eso, para mí era muy
interesante mostrar que Kattalin solo era ella misma y se sentía liberada
cuando estaba con Maritxu, que es la persona a la que ama. En esos momentos
también se ve la liberación de la mujer. Y, por supuesto, al final de la
película, que nos dejará a una Kattalin completamente diferente”.
La Inquisición juega un papel sumamente importante en la película,
cuenta Urkijo: “era una herramienta de violencia, de represión, que lo que
hacía era inventarse mentiras y las utilizaba como argumento para reprimir a
ciertos colectivos por un interés meramente político. Por eso se inventaron que
había sectas satánicas en los montes”.
“Y probablemente esos bulos los inventó una élite intelectual europea -
añade -, porque la Inquisición no nació
en la Edad Media sino en la Edad Moderna. Y esas élites intelectuales diseñaron
ese imaginario dantesco diciendo que hay antropofagia, que hay
infanticidio, que fornican con el diablo… Era todo absurdo, por mucho que
pudiera haber algún tipo de vestigio pagano de alguna deidad, vinculada a la
fertilidad”.
“Esos bulos - concluye -, los
usaban para reprimir a diferentes colectivos, en especial a las mujeres. Y hoy
en día seguimos teniendo también inquisidores. A nivel geopolítico podemos ver
como, por ejemplo, en Gaza se cargan a niños diciendo que son terroristas,
niños de seis años. Otra mentira que se cuenta para por un interés meramente
político y geoestratégico”.
“Sin olvidar los inquisidores que proliferan en las redes
sociales con discursos de violencia y represivos en los que dicen que las
personas tienen que ser de esta manera, que tienen que tener esta identidad,
que tienen que tener una normatividad sexual determinada. Cada vez hay más
inquisidores de ese tipo y tenemos que tener mucho cuidado con ellos”, añade el
realizador.
Una de las escenas más espectaculares que la película reserva al público
es un aquelarre, cuya referencia fue el original film Akelarre (1984) de Pedro
Olea, en el que se representaba con sumo detalle un proceso de la
Inquisición en el País Vasco.
Respecto del curioso tocado de las mujeres que tendrán a su cargo
entretejer ese tapiz de historias, el realizador ha declarado: “Aunque parecen
muy de cuento, muy esperpénticos, las mujeres realmente llevaban esos
tocados que eran símbolos fálicos, pero también elementos de carácter social
que te identificaban. Por ejemplo, si tenías una punta es que te habías casado
una vez, y si tenías dos puntas, te habías casado dos veces. Hemos cuidado
mucho el vestuario y hemos descubierto que, contrariamente a lo que solemos ver
en las películas históricas de esa época con esos vestidos grises, eran muy
coloridos, con colores primarios y muy saturados. Y eso nos ha venido muy
bien para darle el tono de cuento que queríamos que tuviera la película. Pero
es que realmente eran así”.
Concluyendo, no
habíamos visto una representación visual y narrativa tan subyugante de la
tradición oral campesina desde la imperdible En compañía de lobos (1984, Neil Jordan)
Celebramos pues
semejante apropiación positiva de los mitos, que en un momento de amenazante
proliferación de la IA demuestra hasta qué punto es posible utilizar tecnología
de punta al servicio de rescatar tradiciones
caras al sentir popular.
En resumidas cuentas, estamos ante un realizador
digno de suma atención, y de uno de los filmes más bellos, poéticos, y
valientes que hemos visto últimamente.-
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