GENEALOGÍA DE NUESTRO SALÓN HINDÚ
Comulgamos con
pochoclo
en la fila 20 de una capilla oscura y con acomodador
El contexto predominantemente escópico del Siglo XXI a menudo nos lleva a cuestionarnos si el imaginario con que contamos los humanos está condicionado por la alfabetización audiovisual que recibimos. La de la generación que administra este portal tuvo lugar en otro mundo, bipolar y moroso, donde una única señal televisiva estatal y acromática emitía dibujos animados del Pájaro Loco (Woody Woodpeker), series de Cisco Kid, y programas ómnibus que duraban casi todo el sábado; la sala oscura, en tanto, deslumbraba con un technicolor chillón que denunciaba cualquier superposición figura-fondo mediante disímiles niveles de nitidez… y simulaba dinosaurios filmando a un camaleón desde una aproximación extrema. No hay duda: Somos los últimos espectadores hipnotizados por Meliés que sobrevivimos en la era de las hermanas Wachovski.
Nos tocó en suerte soñar, aplaudir, escribir y filmar películas en un remoto punto del globo bendecido por una legendaria Escuela de Cine.
Los primeros indicios de lo que llegaría a ser una verdadera pasión se pusieron en evidencia al huir de las pruebas de matemáticas para refugiarnos en la biblioteca de nuestro colegio, donde recurrentemente solicitábamos los pesados volúmenes de la Historia del Cine de Román Gubern para entretenernos durante largas horas tapando los epígrafes de cada foto, y desafiándonos a deducir a qué filme correspondía cada una.
Pero el auténtico mentor de aquella vocación que habría de transformarse en profesión, cimentada entre la Peña Foto Cine 8mm de La Plata y los sucesivos seminarios - Arte y Crítica Cinematográfica (1971), Problemática político-social en el cine (1972) - ofrecidos por la Comisión Arquidiocesana para los Medios de Comunicación Social del Arzobispado local, fue un hombrecito dulce y dotado de una enorme capacidad didáctica, que no sólo se constituyó en nuestro primer maestro de cine sino, a partir de dicho pretexto, en un poderoso referente ético.
Jamás tuvimos una charla privada con él. Pero lo vimos resplandecer durante varios domingos, a la misma hora en que muchos dejaban disolver una ostia sobre sus lenguas, ya que no profesamos otro pensamiento más trascendente que el cine. Es más, opinamos que, si existe otra vida, nos aguarda allí.
Fue él quien ensanchó nuestro horizonte audiovisual iniciándonos en consumos extra hollywoodenses, como Moderato Cantábile (1960, Peter Brook sobre texto de Margarite Duras), Era noche en Roma (1960, Roberto Rosellini sobre guión de su permanente colega Sergio Amidei), o El Puente (1959, alegato antimilitarista de Bernhard Wicki, atípico para una potencia bélica), por citar unos pocos títulos inolvidables que introducía deslizando escasas pistas interpretativas.
Cuando su prefacio rozaba algún tema comprometido, mirando hacia las monjas que por lo general ocupaban el fondo de la sala, aquel simpático erudito en la materia recurría a una muletilla que siempre nos sonó exagerada: “bueno… y no hablo más, porque si no de acá me saca la policía”. Pero lo cierto es que corrían las dictaduras de la “Revolución Argentina” (Onganía, Levingston, Lanusse), nos dábamos cita en una institución religiosa, y hace poco, reviendo Valeria y la semana de la fantasía (1970, Jaromil Jires), uno de aquellos títulos con que oportunamente logró hechizarnos, revalorizamos la advertencia de quien en semejante contexto se expuso a exhibir un filme de origen soviético, indisimulable carga erótica, y mensaje netamente anticlerical.
Cada vez que nos emocionamos ante la pantalla grande o logramos un momento conmovedor en nuestro propio cine, sentimos que desde algún lugar Horacio Alberto Iribar guiña un ojo y sonríe.
De la ensoñación a la denuncia
Aquella mirada inaugural de adolescencia nos apegaba fatalmente a los happy ends. Muchos compañeros de curso evolucionaron antes y desarrollaron tempranamente un pensamiento crítico, propenso a consumir cine no comercial. Alguna vez vimos juntos Los años verdes (1969, Alan J. Pakula), historia romántica interpretada por una joven Liza Minelli que ve zozobrar su primer amor al culminar el ciclo escolar. Convencidos de que deberían existir amores absolutos, salimos del cine totalmente angustiados y proponiendo a los demás interpretaciones más soportables de aquel desenlace. Obviamente, nos dejaron atrás hablando solos.
Por entonces devorábamos resúmenes en Súper 8 generalmente mudos y a menudo inconexos de filmes famosos así facturados por la ignota firma Ken Films inc. para el disfrute hogareño. Es digna de recuerdo la fragancia de aquellas coloridas cajitas de cartón contenedoras de un pequeño carrete cuyo inicio venía sujeto por una breve cinta chonflex color beige: The Giant Behemoth, Vampire and the Ballerina, Frankenstein meets the Space Monster. Y las excitantes inscripciones que su portada solía exhibir: “Warning! Beware their stare!”. Cada estreno de las mismas mereció una nutrida premier entre amigos.
A medida que fuimos madurando emocionalmente, pasamos de celebrar a Vincent Price en los Martes de Terror del Cine-Teatro Coliseo Podestá a desentrañar a Bergman en los ciclos de cine-arte del Cine-Teatro “Ópera”. Con el tiempo transitaríamos de la diletancia a la realización. Hoy la posible medida de una mayoría de edad realizativa se nos presenta mediante el ejercicio del imprescindible distanciamiento emocional que toda edición requiere, para ganar perspectiva de las imágenes que frecuentemente nos enamoran durante el rodaje, asumiendo definitivamente que el lenguaje audiovisual reclama ejercitar el arte de la elipsis narrativa.
Con el tiempo, transferimos nuestra primigenia devoción por el hedonista y grandilocuente Fellini al despojado e insobornable Pasolini. Damos fe de que pocas cosas nos han proporcionado más placer que el cine, dicho sea esto más allá de cualquier género, se trate de ensayo, animé, o pornografía.
A las razones que expone esta breve
reseña se debe que, como el Coloso de Rodas, tengamos un pie en el fantástico y
otro en el cine más realista y comprometido, sin encontrar contradicción alguna
entre una imaginación sin cadenas y una denuncia política que corte la
digestión a los dueños de todo… aunque a veces nuestros lectores retaceen lo
primero y celebren siempre lo segundo.-

Querido amigo es imposible agregar un renglón a tu erudiccion sobre este " 7mo Arte " que reúne sin duda a los 6 restantes y que mágicamente se plasman en esa enorme pantalla que nos fascinaba desde la infancia que al ponerse la sala oscura queríamos ser uno de los protagonistas
ResponderEliminarTe abrazo con el calor como el que nos dábamos en aquellos tiempos en qué compartíamos inolvidables momentos
Ya lo creo, amigo: Como canta Gieco, "todo está guardado en la memoria". Y, como canta El Indio, "no lo soñé".
ResponderEliminarBueno amigo te mandé un mensaje pero no sé por esas incógnitas de las tecnologías parece que no te llegó
ResponderEliminarNo voy a repetirlo quizás este' escondido en algún rincón de lo no repetible
Abrazo como aquellos del. tiempo atras que nunca se borrarán de nuestra. memoria
En torno al cine siempre nos encontraremos, querida Mabel.
ResponderEliminarCLARO !!!!
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